miércoles, 18 de abril de 2018

Prólogo de El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana

Reproducimos aquí el prólogo del libro El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana que la editorial Penguin Random House acaba de publicar en su edición electrónica.
Dicho libro fue prologado por el escritor argentino Juan Bautista Yofre antiguo secretario de Inteligencia del Estado en su país. Es autor entre otros libros de Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica
Próximamente publicaremos en este mismo blog el primer capítulo de El soviet caribeño.



A manera de prólogo (sobre la historia de un gran engaño)

Por Juan Bautista Yofre
Hace poco menos de un lustro, cuando decidí escribir Fue Cuba como una forma de explicar a los lectores la desgracia argentina de los años 60 y 70, me sumergí en innumerables textos de autores muy reconocidos internacionalmente y con gran respaldo económico. Otros libros eran testimonios de diplomáticos sobre sus pasos por La Habana o simples observaciones sobre gestiones de personajes de la época pre y post dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar. En la lista de libros observados tampoco faltaron los de varios que reflejaron un clima de época no del todo completo sobre la inevitabilidad de la llegada de Fidel Castro Ruz y el clandestino Partido Comunista al poder en Cuba (conocido como Partido Socialista Popular). También consulté los testimonios de algunos de los que acompañaron a Fidel Castro durante los días de la Sierra Maestra y más tarde, cuando vieron la luz de la verdad, lo abandonaron y fueron encarcelados por años o partieron al exilio. En escasas palabras, y sin ningún atisbo de vanidad, puedo decir que leí más de lo conveniente. Hasta de aquellos a los que considero cómplices de la tiranía castrista porque no contaron certeramente la verdad de la génesis del pensamiento de la revolución cubana, buscando un éxito editorial que en general nunca les faltó. Son los surfistas del progresismo, muchas veces acompañados por editoriales capitalistas. Fue cuando recordé a Eric Hobsbawn, que nos decía: “La historia tergiversada no es historia inofensiva. Es peligrosa”. A todos estos libros agregué los archivos secretos de la Inteligencia checoslovaca.
Fue en ese tiempo de gestación de mi libro sobre la responsabilidad cubana en la tragedia argentina (y latinoamericana) que comencé a prestar atención a detalles que venían del más allá, a miles de kilómetros de Buenos Aires, de Canadá, que me decían que en mi damero narrativo faltaban elementos informativos muy importantes y que, por lo general, nadie se atrevía a señalar y poner en su justo lugar. Observaciones que la Inteligencia estadounidense no tuvo en cuenta por simple estupidez o irresponsabilidad absoluta y que sí ilustraban el archivo de la Inteligencia checoslovaca en mi poder.
Esa voz que me venía de Canadá a través de relatos aislados —por el momento— sobre El soviet caribeño era la de César Reynel Aguilera, un joven médico y escritor cubano que nació cuando yo atravesaba los 17 años de mi existencia y faltaba un año (1964) para que una columna guerrillera entrara a la Argentina por el Norte para desafiar a los poderes constitucionales. La encabezaba un argentino amigo de Ernesto “Che” Guevara y contaba en su dotación con hombres forjados en la Sierra Maestra, algunos de los cuales llegarían a altos cargos en el gobierno cubano y el Partido Comunista de Cuba.
Con el paso de los días y las semanas, César Reynel Aguilera se convirtió en mi sherpa. Fue él quien me enseñó la importancia de personajes clave en la operación de apoderamiento comunista de la nación cubana, mientras muchos se distraían con los sones de Benny Moré. Al respecto, no faltó la ironía atribuida a Ernesto Guevara —y aceptada por Carlos Franqui— al decir que era “una revolución con pachanga”. Lastimosamente, cuando la pachanga —que es la expresión de la alegría— se apagó, Cuba cayó en la tristeza de la penumbra y llegaron los sonidos de las balalaikas.
Es de los pocos autores que pusieron su lupa sobre la personalidad y el trabajo en las sombras del polaco comunista Fabio Grobart en Cuba. Así se llega a saber que Fidel Castro Ruz ya era comunista antes de entrar en La Habana el 8 de enero de 1959. No lo digo yo, lo afirmó el propio Castro a los dos años de estar en el poder y tras haber ahogado en el silencio todo atisbo de oposición en Cuba. Fue el 22 de diciembre de 1961 cuando se sacó la máscara y declaró al diario Revolución: “Desde luego, si nosotros nos paramos en el pico Turquino cuando éramos ‘cuatro gatos’ y decimos: somos marxistas-leninistas, desde el pico Turquino, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera, no abordábamos ese tema...”.1
Acentúo el desafío-franqueza de Castro porque es bueno que se sepa que los funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, hasta ese momento, vivían en Babia: “No encontramos evidencia creíble que indicara que Castro tenía lazos con el Partido Comunista o, incluso, que sintiera mucha simpatía por ese partido”, dijo el secretario de Embajada en Cuba Wayne Smith años más tarde. Era el encargado de cerrar la embajada estadounidense en La Habana en 1960 y partió para asesorar a la Casa Blanca como especialista en cuestiones cubano-americanas y miembro del Buró de Inteligencia de Foggy Bottom. En los peores años de la década del 70, Smith fungió en Buenos Aires de consejero político de los embajadores John Davis Lodge y Robert Hill.
Todo el recorrido del relato de Reynel Aguilera es una revelación tras otra que él pudo tomar en su casa paterna (su padre fue un importante miembro del PSP) y del propio conocimiento de sus años de observación y estudio. Para aquellos que trabajan en la investigación periodística, su capítulo “El quinto mártir” es un espejo donde reflejarse.
No soy proclive a escribir prólogos, pero estimé necesario hacerlo en este caso por dos razones. La primera, porque el lector va a conocer de primera mano y con certezas absolutas cómo el comunismo se apoderó de Cuba ante la sorpresa generalizada de su sociedad. Luego, por una cuestión de reconocimiento —y agradecimiento—, porque sin César Reynel Aguilera no hubiera llegado a profundizar los pliegues de la gran estafa castrista que lleva más de medio siglo en el poder.
Con El soviet caribeño el lector habrá de sumergirse en un mundo secreto, impreciso, cargado de hipocresías y mentiras; un universo de miradas de hombres de buena fe que confiaron en el discurso público de Castro mientras se maceraba ya en el poder, a través de un gobierno en las sombras, la tragedia cubana que se pretendería, más tarde, llevar o exportar a toda América Latina. Es un libro necesario para comprender lo que sucedió en Cuba y lo que puede ocurrir cuando lo que se dice no es lo que se piensa.

Estoy muy lejos de creer...


José María Heredia, uno de los pioneros del exilio cubano, le escribe a la madre el 5 de diciembre de 1823 desde Boston. Todavía no había cumplido 20 años:

“Nada tengo que decirle sobre mis sentimientos. Su merced puede considerar si me ha sido agradable salir de Matanzas y dejar mi familia, mi estudio y mis relaciones. Empero, no me he arrepentido un momento de haber preferido el destierro al crimen y a la infamia. Estoy muy lejos de creer que esto dure, y entonces, cuando vuelva a Cuba, llevaré conmigo la reputación gloriosa que debe seguir a una honradez acrisolada por una prueba tan penosa”

[El énfasis es mío]

sábado, 14 de abril de 2018

Miranda o las desventajas de llegar temprano


Artículo aparecido días atrás en Nuestra Voz:

Miranda o las desventajas de llegar temprano

Hay seres que, como Francisco Miranda, decimos que están adelantados a su tiempo. Unos se adelantaron décadas —o hasta siglos—pero con el San Juan Bautista de la independencia sudamericana podemos ser más precisos: Miranda se adelantó justo por dos años. Porque fue en 1806 que decidió llevar a cabo una expedición contra el dominio español en Venezuela. El 2 de febrero de ese año zarpó en la corbeta Leander de doscientas toneladas y armada con 18 cañones de la ciudad de Nueva York dispuesto a liberar a Venezuela. Al menos era lo que repetía una y otra vez Miranda con el ímpetu de mesías y persistencia de reguetonero. Lo mismo que llevaba repitiendo desde que llegó a Nueva York el noviembre anterior para convencer a grupo de idealistas, aventureros y negociantes de que secundaran su plan. Incluso fue a Washington (que ya era una capital) y se reunió con Jefferson y Madison (que todavía no era avenida de Manhattan) pero estos le respondieron algo así como “Chévere, ve y libera a Venezuela… pero ve como cosa tuya”.
En aquella expedición destinada a liberar Venezuela y Sudamérica entera del dominio español terminaron enrolados un montón de norteamericanos, unos cuantos franceses y polacos y algún que otro portugués. Venezolanos eran solo Miranda y la bandera que acababa de inventar con la ilusión de que algún día inspiraría el diseño del uniforme de la selección nacional de fútbol. La primera escala fue en Haití, por aquella época la única nación independiente del continente además de Estados Unidos. Allí recibió ayuda abundante y dos barcos más para la expedición. En Venezuela, en cambio, Miranda no fue tan bien recibido como en Haití. Olvidaba decirles que el cónsul de España en Nueva York había informado de la expedición al embajador español en Washington y este a su vez a las autoridades españolas en Venezuela sobre los planes de Miranda. De manera que al llegar la expedición multicultural a costas venezolanas era más esperada que las Navidades. Solo que en vez de arbolitos y turrones los españoles los recibieron con cañonazos. Dos de los barcos expedicionarios fueron capturados y Miranda escapó por muy poco… para seguirse metiendo en nuevos problemas que solo tuvieron fin con su muerte en una prisión española una década más tarde.
Todo por adelantarse a su tiempo. Porque apenas en 1808 las tropas de Napoleón invadirían España, descabezando el imperio. Esa situación propiciaría levantamientos en toda Hispanoamérica que se convertirían en un movimiento continental por la independencia. Movimiento que liberaría a casi todas las colonias de la codicia española para que los nuevos países pasaran a ser dominados por una codicia genuinamente autóctona. Un poco más de paciencia, un par de añitos de espera, y Miranda se hubiera convertido en el iniciador de la independencia hispanoamericana en vez de quedar relegado al triste papel de precursor que es como asistir a una boda en calidad de amiguito de la escuela primaria de la novia. (Una ventaja le lleva, no obstante, al Libertador y es que no le han puesto el nombre de Miranda a la revolución que ha llevado a Venezuela de cabeza al paleolítico. Ahora dicen “bolivariano” y uno se imagina a Miranda revolcado de la risa. Donde quiera que esté).
Por ahí se fue la oportunidad de que hoy se considere a Nueva York cuna de la independencia hispanoamericana. Por puro apuro. Pero el fracaso de Miranda no fue el fin de los contactos de Nueva York con las guerras de independencia. Eminentes personalidades de la ciudad como John Jacob Astor y Stephen Whitney intervinieron en la guerra atraídos por el mismo sueño que ha guiado a los neoyorquinos desde la fundación de la ciudad: hacer dinero. Los comerciantes neoyorquinos lo mismo le vendían barcos a los independentistas que armas y harina a las tropas españolas. Quien quiera que ganara quedaría para siempre en deuda con los mercaderes de la ciudad. De ahí que la guerra entre España y sus colonias fuera ganada por… Nueva York. ¿O es que esperaban otra cosa?


viernes, 13 de abril de 2018

Dos diálogos

Uno de ellos ocurre en La Habana entre un activista de derechos humanos y un desconocido que se le presenta:

-Y usted quién es?
-Este...
-Sí, que viene a hacer aquí?
-Tú no conoces ese libro, "El compañero que me atiende"?
-No.
-Pues... yo no te voy a atender porque yo no soy médico, como tú. Digamos que soy el compañero que va a trabajar contigo.

El otro lo sostuve semanas atrás con uno de los autores incluídos en "El compañero que me atiende":

Autor: No hace falta que me mandes el libro. Ya me lo dieron.
Yo: Quién?
Autor: Adivina.
Yo: No sé.
Autor: La compañera que me atiende! Vino a regañarme por haber participado en la antología. Pero al final me pasó el PDF en una memoria que llevaba arriba.
Yo: Y qué te dijo?
Autor: Se quejó de que los habían llevado muy tenso.

miércoles, 11 de abril de 2018

The Cuba Reader

"The Cuba Reader", por el que estudian los estudiantes de mi universidad, una suerte de antología de textos con los que supuestamente entenderán Cuba. Véanse los títulos ñicolopiztas de las secciones del libro: 
"Neocolonialismo", 
"Construyendo una nueva sociedad", 
"Cultura y Revolución", 
"La Revolución Cubana y el mundo" y
 -para que sepan los que piensan que la revolución se acabó- 
"El Período Especial y el futuro de la Revolución". 

Y se incluye, por ejemplo "Guantanamera" de José Martí. Fernando Ortiz, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante aparecen una vez cada uno y Carlos Puebla, 2. Silvio Rodríguez 3, Jorge Mañach, Lezama Lima y Virgilio Piñera 0. Miguel Barnet 3, Ramiro Guerra 0.










domingo, 8 de abril de 2018

Aboliciones


Hechos elementales de la historia cubana se van convirtiendo, gracias a una mezcla de adoctrinamiento y desidia, en cosa de especialistas. Tómese como ejemplo el proceso de erradicación de la esclavitud en Cuba. En Ecured, la Wikipedia cubana (con todo lo que ese adjetivo puede conllevar de limitaciones y provincianismo) en la entrada “Abolición completa de la esclavitud (1870)” se refieren al
“Decreto emitido en 1870 por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, declarando la abolición completa de la esclavitud”
El resto de las entradas de Ecured referidas a la abolición son: Abolición condicionada de la esclavitud en Cuba (1868); Abolición de la esclavitud en Camagüey (1869); Abolición de la esclavitud en la Revolución de 1868. Ecured parece ignorar que los decretos emitidos por el bando independentista solo tuvieron efecto en los menguados territorios ocupados por este y que dicha institución perduraría en la isla, con sucesivas modificaciones,  hasta 1886.
No es extraño entonces que en una breve reseña sobre la novela de Francisco Calcagno En busca del eslabón. Historia de monos (1888) se diga:     
Aunque el texto no está exento de atisbos racistas, en tanto presenta al negro como situado en un punto entre el mono y el hombre (blanco) en la escala evolutiva, constituye asimismo un intenso cuestionamiento a la esclavitud, desde una posición científica. Debe tenerse en cuenta que para la época las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial.
Si la enciclopedia digital oficial se da el lujo de ignorar hitos tan importantes de la evolución de una de las más infames y decisivas instituciones del pasado cubano cualquier reseñista se puede sentir autorizado a afirmar que en 1888 “las posiciones abolicionistas eran minoritarias y censuradas dentro de sistema de sujeción colonial”. Teniéndose la idea que se tenga de lo que significa “colonialismo” poco importarían entonces los acontecimientos y las fechas. Si en aquellos tiempos Cuba todavía era una colonia, ergo, “las posiciones abolicionistas eran minoritarias” y por tanto el racismo brutal del autor queda justificado.
En el universo de entelequias en que se va convirtiendo la Historia cubana (de un lado imperialismo, colonialismo, explotación, capitalismo; revolución, independencia, socialismo del otro) los detalles históricos no harían más que perturbar el relato que con mano firme traza el poder.

jueves, 5 de abril de 2018

En el cine

Cuba es como una película larguísima que transcurre como diez veces más lenta que el tiempo real. En algún momento uno (aburrido) abandona la sala pensando que ya no le queda mucho que ver ni falta mucho para que acabe. Pero cuando se asoma a la sala veinte años después se encuentra que están proyectando las mismas escenas que al principio de la película aunque en algunos casos han cambiado los actores. Ya uno recuerda cual será la siguiente escena pero desde las butacas te dicen que te calles. Que te has perdido media película y es lógico que no entiendas lo que está pasando. Y entonces te preguntas si de haberte quedado no seguirías como los que nunca se han levantado de la butaca, expectante ante las escenas que han proyectado una y otra vez.

miércoles, 4 de abril de 2018

Francisco de Miranda y el secreto de Hamilton*

Lo bonito de hacerse independiente es que durante un rato uno se puede hacer la idea de que a partir de ahora la vida será nueva y perfecta. Que todos los problemas han quedado atrás. Así pasa con los hijos que se van de la casa. O con las Trece Colonias cuando se independizaron de Inglaterra. Así pasó con Nueva York que era una de las Trece Colonias originales y con la ciudad que por un ratico (1785-1790) llegó a ser la capital del país (todo un rapto de humildad: luego le dio por ser la capital del mundo). Y uno de los cambios más notorios de Nueva York fue la actitud hacia todo lo que viniera de España, ya fuera los chorizos, el catolicismo o hasta los propios españoles.

Porque hay que recordar que durante la Guerra de Independencia de las Trece Colonias contra Inglaterra tanto Francia como España ayudaron a las colonias rebeldes. No por amor a la libertad: ni el rey francés ni el español tenían intención de liberar sus propias colonias. Era más bien para incomodar a su vieja enemiga, Inglaterra, que para eso son los enemigos. El asunto es que en parte por agradecimiento, en parte porque la constitución de Nueva York de 1777 eliminaba las restricciones contra el culto católico, se consintió que los católicos se asomaran públicamente, celebraran misa y hasta construyeran la iglesia de St. Peter en la calle Barclay.
Entusiasmada, España nombró a un embajador, el banquero vasco Diego de Gardoqui quien durante la guerra había ayudado a enviar fondos y armas a los rebeldes. Gardoqui llegó a Nueva York en 1785 y en su casa en Broadway, cerca de Bowling Green, se celebraron las primeras misas católicas después de la independencia. Misas no clandestinas pero discretas, no fuera ser que la falta de costumbre de los locales los indujera a prenderle fuego al embajador.
Gardoqui debe sentirse muy orondo en las páginas de la Historia por ser pionero en importar a la futura capital del mundo tradiciones como la siesta y comunicarse a grito pelado en español. Pero le tengo malas noticias. Un año antes ya había estado en la ciudad otro hablante del idioma de Cervantes y presunto practicante de la noble institución de la siesta. Me refiero nada menos que a Francisco de Miranda, precursor de la independencia americana, inspirador de Simón Bolívar y gobernante de la primera República de Venezuela.
Miranda, viajero empedernido durante toda su vida, ya llevaba unas cuantas millas acumuladas. Además de su natal Venezuela, conocía España y como militar del ejército español había participado en campañas en Marruecos, Argelia y en el sur de los Estados Unidos en apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Su impresión de Nueva York fue muy favorable. “Una tolerancia general en el ramo espiritual forma la base de su gobierno —comenta—, cada uno es dueño de rogar o alabar a Dios en la forma y lenguaje que le dicte su conciencia. No hay religión o secta dominante, todas son buenas e iguales. ¡Así reinase el mismo dogma y principios liberales en lo político!”.
¡Lo que es llegar al lugar adecuado en el momento justo! Si hubiera llegado un ratico antes lo habrían sacado a patadas por venir de la parte equivocada del mundo. Y un par de siglos más tarde, también. Pero Miranda tuvo suerte. Cuando aquello el presidente era Washington. Incluso le regaló ejemplares de El Quijote en español que Washington presumiblemente nunca abrió pero al menos lo agradeció porque en aquellos tiempos regalar un libro —aunque fuese en idioma extraño— no se entendía como una ofensa.
Durante su estancia en Nueva York entre enero y julio de 1784 Miranda conoció a Alexander Hamilton y a Samuel Adams mucho antes de que estos fueran un musical y una cerveza respectivamente. O sea, conoció versiones bastante menos divertidas de ambos. Aun así le cayeron bien. Con Alexander “I’m not throwing away my shot” Hamilton incluso conservó una amistad epistolar durante años. En dicha correspondencia discutían sus planes de liberar América del Sur mientras Miranda viajaba por el mundo y acumulaba experiencias ya fuera conspirando en Inglaterra, peleando como oficial de la Revolución Francesa o conociendo Rusia de la mano de Catalina la Grande.
Miranda acumuló experiencias como futuro precursor de la independencia hispanoamericana por casi treinta años. Si luego las cosas no salieron bien no fue por falta de preparación. Pero antes de su glorioso fracaso final Miranda pasó una vez más por Nueva York. No obstante al arribar, en noviembre de 1804 hacía cuatro meses que su amigo Hamilton había muerto en un duelo contra Aaron Burr llevándose a la tumba el secreto de cómo triunfar… aunque fuese muerto y en Broadway.
Artículo aparecido en la revista Nuestra Voz.