martes, 6 de diciembre de 2016

El Apóstol en Greenwich Village

Les recomiendo asomarse al blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio para que elan el último post que he colgado allí sobre La Liga. Se trata de la famosa escuela fundada por el tabaquero y periodista negro Rafael Serra en estrecha colaboración con José Martí quien muy pronto se convertiría en alma de un proyecto encaminado a elevar el nivel educativo de emigrados cubanos y puertorriqueños "de color" aunque sin excluir a los blancos pobres. Fue allí donde Martí recibió por pirmera vez el sobrenombre de El Maestro. La sede de esta escuela se encontraba en pleno Greenwich Village, el corazón de la bohemia de Nueva York en un área conocida entonces como Little Africa. La persistencia de La Liga durante varios años, con actividades culturales semanales y un gran activismo político, fue una suerte de milagro que no ha encontrado equivalente con posterioridad.
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lunes, 5 de diciembre de 2016

Sátira o muerte (valga la redundancia)

Con el discurso que les pongo a continuación abrí el evento que la revista Viceversa organizó en Cooper Union el pasado 15 de octubre. La propia revista publicó hace unos días la versión en inglés.


 Sátira o muerte (valga la redundancia)
[Debo empezar este discurso con una disculpa que es a su vez una fe de erratas. Resulta que pensé que este evento tendría lugar en el viejo edificio de Cooper Union, un edificio superpoblado de fantasmas en lugar de este otro, flamante y desfantasmado. De manera que corrijan mentalmente la alusión a los fantasmas que haré al inicio de mi discurso ya sea transportándose imaginariamente a aquel edificio o asumiendo que los fantasmas instalados allá han decidido cruzar la calle para acompañarnos esta tarde].
Y ahora pasaré a leer discurso el real con comienzo totalmente inapropiado:
Señoras y señores, compañeros y compañeras, público y pública en general:
Es difícil para mí, devoto de la historia, hablar en un recinto tan cargado de ella, un edificio donde todavía deben flotar los espíritus de Lincoln, de Grant, de Teddy Roosevelt. O de Barack Obama, que seguirá vivo por un buen tiempo pero que hace rato se imagina flotando en la eternidad. Pero más difícil aún resulta para cualquier devoto de la risa hablar aquí, en el lugar donde primero se presentó al público neoyorquino el santo patrón de los humoristas modernos, Samuel Clemens, más conocido por el sobrenombre de Mark Twain. Y temo que no sea fácil pronunciar un discurso acompañado por el espíritu del creador de Tom Sawyer y descubridor de que el sentido común es el menos común de los sentidos. Todo se complica más si el tema de mi discurso debe ser la sátira política en América Latina. Repito: Sátira. Política. América Latina. Porque en nuestro continente siempre se vive bajo la sensación de que no importa cuánto prospere la sátira política esta será una especie en permanente peligro de extinción. Igual que los osos pandas en China por falta de brotes frescos de bambú. Y no es que en Nuestra América escasee el material de que se nutre la sátira. Todo lo contrario. Del Río Bravo a la Patagonia siempre han abundado los políticos corruptos, las autocracias de derecha, las de izquierda y las que son ambidiestras según se presente la ocasión. (Les recuerdo que en este edificio todavía debe revolotear el eco de los discursos del difunto Hugo Chávez reencarnado en el pajarito de Maduro y el espíritu vivo de Evo Morales, ese gran calumniador de los pollos). Esta América Nuestra es un continente donde los trenes y aviones aspiran a tener tanta regularidad como los escándalos políticos, un continente donde los presidentes pueden ser tan idiotas que dan ganas de reír, o tan listos que dan ganas de llorar; un continente donde los parlamentos están tan atestados de impresentables de toda clase que envidiamos la ocurrencia de Calígula de nombrar a su caballo como senador. En Nuestra América la presidencia es usada como botín personal al punto de confundir el erario público con un cajero automático. Allí a los gobernantes no les basta con vaciar las arcas del país en su beneficio sino que luego terminan pasándole el cargo a su hermano, a su mujer o al más bruto de sus choferes. Ante tal abundancia de fresco retoño de bambú para la sátira, cabría preguntarse ¿por qué no ha producido más y mejor sátira política? ¿Por qué un continente con una historia tan animada por dictaduras, juntas militares y genocidios, un continente creador de engendros tan originales como la narco-guerrilla y el secuestro exprés, un continente que ha estado a la cabeza de la producción de golpes de estado no sea asimismo el campeón mundial indiscutible de sátira política?
Admitamos que si la sátira política latinoamericana no goza de un prestigio aun mayor no es por falta de materia prima. Más bien se trata de falta de estímulo. O para decirlo con más precisión, se trata de la abundancia de estímulos negativos. Tanta inestabilidad política y tanta demagogia para encubrir el abuso de poder hacen de la sátira una de las profesiones más desprotegidas del continente. Mientras en el mundo occidental los creadores de sátira están amparados por el derecho a ejercer la libertad de expresión, en nuestros países la libertad de expresión también existe solo que suele estar reservada a quien está en el poder en ese momento y a los que lo apoyan. Debo recordarles que acá en los Estados Unidos hay un día al año en que el presidente debe burlarse de sí mismo para entretener a la prensa. O que cada año se le otorga a un humorista el premio Mark Twain y se le ofrece un homenaje en presencia de sus colegas y hasta del mismo presidente. En cambio en nuestros países los mejores humoristas se sienten afortunados el año en que no se ha cursado una orden de detención contra ellos. Eso me recuerda una entrevista que alguna vez le hicieran a ese pequeño gran escritor que fue Augusto Monterroso. Este creador ocasional de sátiras políticas y exiliado permanente al preguntársele por qué los escritores latinoamericanos debían enfrentar la política de manera distinta a otros intelectuales como Bertrand Russel, respondió que “En Inglaterra y en Estados Unidos las ideas de Russel podían ser perseguidas, pero no sus testículos”. Y en cambio, añadió Monterroso, en Latinoamérica “la policía no persigue esas ideas, no le importan ni las entiende: persigue sus testículos y hará todo lo posible por arrancárselos”.
En el caso de los humoristas latinoamericanos no se trata de meras suposiciones. Latinoamérica cuenta con un humorista mártir, el colombiano Jaime Garzón, asesinado en 1999 por fuerzas paramilitares en aparente contubernio con miembros de las fuerzas armadas de su país. Y la lista de humoristas encarcelados, perseguidos o empujados al destierro es mucho más larga que la de políticos juzgados por los crímenes que dichos humoristas se han atrevido a denunciar. Pero no se trata solo de la violencia que se ejerce sobre ellos. Al fin y al cabo, el peligro podría crear una aureola heroica sobre el humorista y el riesgo inminente podría servir como invitación a valorar su trabajo. Sin embargo resulta que la sátira por lo general no se ve en Nuestra América como un trabajo. O mucho menos como un arte. La sátira se ve como una pésima manía que debe curarse a palos o, si acaso, tolerarse de mala gana.
Aquel que ande en busca de fama o fortuna hace mal dedicándose a la sátira, pues ni se paga bien ni se aprecia como se debe. En sociedades como las latinoamericanas, donde las jerarquías resultan tan forzadas y artificiales, la risa política se verá siempre como insulto imperdonable. Ese poder inflado y fofo se obliga a retóricas y poses ceremoniosas y siente como una amenaza mortal que no se lo tome en serio. En ese aspecto la oposición tampoco resulta muy diferente a los que ejercen el poder. Para la oposición la única sátira que merece existir es aquella dirigida a su rival y ni siquiera así le da muestras de aprecio. En parte porque su mayor aspiración es algún día ejercer la misma autoridad falsa e inflada que critica, lucir ella misma los atributos del poder. En parte porque incluso la oposición más desinteresada considera que cualquier burla de un poder al cual resisten -muchas veces con heroísmo- rebajará el valor de su propia resistencia.  
Y lo que ocurre con la política en Nuestra América a su vez se reproduce en el plano de las jerarquías culturales, jerarquías tan forzadas y frágiles que no puede esperarse que en ella encuentren espacio los bufones y los sátiros. Si las más elevadas voces poéticas malviven o malmueren en nuestros países, ¿qué pueden esperar los que se dedican a asuntos bastante menos serios que describir un atardecer? En América Latina se vive bajo la impresión de que el equilibrio de la república de las artes es tan delicado como el de la otra república y solo se conservará en pie si sus habitantes no se menean demasiado. Pero, me pregunto, ¿qué es la sátira sino el remeneo furioso de las rutinas del espíritu?
Por otra parte, y a diferencia de los científicos, a los creadores de sátiras no les queda siquiera el consuelo de justificar su vida en la búsqueda de una verdad porque la verdad de la que habla la sátira hasta el cansancio no hay que buscarla ya que está a la vista de todos. Y esa verdad no es otra que la absoluta desnudez del rey. Mientras sus aduladores exaltan el rico terciopelo que cubre el cuerpo del poder, lo elegante de sus costuras o lo sofisticado del diseño (o mientras los opositores cuestionan lo impropio de usar las arcas del reino para costear el traje), la sátira insiste una y otra vez en lo que todos ven y no se atreven a mencionar: que pese a lo que se diga el rey nos está restregando en la cara sus partes privadas ya vueltas groseramente públicas.
Todo lo anterior quizás explique que a pesar de que la cultura hispanoamericana hunda sus raíces en satiristas tan notables como Cervantes y Quevedo sean relativamente pocos los escritores y artistas reconocidos que se dediquen de manera sostenida a la sátira política. Se comprende que sea así. Si es cierto que no hay mucho dinero en ese negocio tampoco hay demasiadas posibilidades de gloriosa trascendencia. Porque al contrario del vino, la sátira política no mejora con el tiempo, sino más bien envejece rápido y mal, como mismo le ocurre a los alcohólicos. Y cuando no envejece puede resultar más peligrosa que cuando se produjo, y en ese caso es preferible no andar cerca. (Llega ahora ese momento de todos los discursos en que todas las abstracciones previas se convierten en algo personal: como el recuerdo de aquella vez, a inicios de los 90, en que me propuse con un par de amigos crear una exposición sobre un caricaturista cubano de los años 30, el gran Eduardo Abela y su más famosa creación, El Bobo. La falsa ingenuidad con que el Bobo se burlaba del dictador de turno de los años treinta resultaba todavía más incómoda para los censores del dictador de turno sesenta años después. Caricaturas como aquella en que el camarero encaraba al Bobo para que le dijera por qué cada vez que le preguntaba “qué quería” le respondía que “nada”.  A la inquietud del camarero el Bobo respondía con otra pregunta: “¿Entonces aquí no se va a poder decir nada?”. Pues caricaturas como aquella a los censores de los noventa les resultaban más actuales, o sea, más peligrosas e intolerables que a los que sesenta años atrás habían permitido su publicación. Fue una suerte que por esa vez los censores la emprendieran contra la exposición y no contra nuestros testículos).
Con todo lo anterior no intento descalificar la sátira política latinoamericana, sino justo lo contrario: trato de aquilatar el justo mérito de sus creadores en las dificilísimas circunstancias en las que tienen que trabajar. Porque no solo se trata de la violencia directa o solapada que deben soportar desde el poder sino también la suspicacia de la oposición, el desdén del mundo intelectual o la incertidumbre propia. No es extraño entonces que la más profusa producción satírica venga del mundo audiovisual, ese que le es más cercano a los que menos supersticiones culturales tienen. Desde la caricatura, los chistes y las canciones populares hasta los programas de televisión y los canales de Youtube. Desde los magníficos y seminales grabados del mexicano José Guadalupe Posada, las publicaciones históricas como la brasileña Topaze, la chilena La Chiva, la argentina Caras y Caretas, la cubana La Política Cómica hasta las canciones filosóficas del argentino Facundo Cabral, las cultas y juguetonas de Les Luthiers, el dibujo punzante y relajado de sus compatriotas Quino y Roberto Fontanarrosa y quien quiera que haya hecho aquella en que alguien señalaba a un cura diciendo “Ese fue de los que no se calló ante los crímenes de la dictadura”. “¿Y qué decía?” preguntaba su interlocutor. “Decía: ‘Por algo será’”. También reconozco mi parcialidad hacia la sátira enloquecida de las canciones y las obras teatrales de Leo Masliah, hacia el humor tan poco hospitalario de la publicación chilena The Clinic o los poemas del venezolano Aquiles Nazoa que hace mucho han devenido género oral. Ahí están los caricaturistas Pedro Molina y Manuel Guillén de Nicaragua, Kemchs y Naranjo, de México o los cubanos Osmani Simanca, Eduardo Abela (nieto), Boligán, Ares y Ajubel que se hacen con los premios de cuanto concurso de sátira internacional en que participan. O el ecuatoriano Bonil que tiene como rival en los tribunales y en el humor al gobierno de su país, un gobierno que es autor de una de las constituciones más cómicas del mundo. Y en televisión -o esa televisión de bolsillo que es youtube- confieso mi debilidad absoluta por el argentino Diego Capusotto, por los venezolanos de “La isla presidencial” o los brasileños de Porta dos fundos.
Frente a la producción audiovisual la sátira escrita resulta comparativamente pobre aunque con una dignísima representación. Pienso en el venezolano Miguel Otero Silva y en su compatriota Otrova Gomas, autor de libros como “El hombre más malo del mundo” y de la frase “La opinión pública no es más que la opinión privada convertida en epidemia”. Pienso en el mexicano Jorge Ibargüengoitia y en los argentinos Copi y (de nuevo) Fontanarrosa, que además de dibujar también escribía. No debo olvidar al colombiano Daniel Samper, uno de los humoristas más capaces del continente, para quien el destino no tuvo ocurrencia más cruel que convertirle al hermano en presidente del país. Sin embargo confieso que si se trata de la sátira escrita me tienta la de aquellos que incurrieron en el género ocasionalmente, pero con una sutileza rara en la profesión. Pienso en las sátiras bananeras del ya mencionado Monterroso en su “Mr. Taylor” o el García Márquez de “Blacamán el bueno, vendedor de milagros” o de ciertos momentos de “El otoño del patriarca”. Pienso en el Julio Cortázar de “Con legítimo orgullo”, en el Juan José Arreola de “El prodigioso miligramo” y “El guardagujas”, en el Virgilio Piñera de “Los siervos” y “Otra vez Luis XIV” o en el Vargas Llosa de “Pantaleón y las visitadoras”.
Pero si se habla de sátira política me tendrán que permitir acá un ataque de chovinismo. No debe olvidarse que Cuba en sus ciento catorce años de nación independiente ha tenido proporcionalmente más años de dictadura que cualquier otro país latinoamericano. Se puede decir que la historia cubana de los últimos dos siglos es la de una larga autocracia salpicada por pequeños recesos democráticos. En cualquier esquina del continente un cubano puede proclamarse perito en distopías, profeta de totalitarismos, gurú de armagedones sociales. Así, sin quererlo nos hemos convertidos en expertos de lo que pueden hacer las ideologías y rencores sociales con un pueblo distraído de sus deberes ciudadanos. O sea, con casi cualquier pueblo. (Y es que el daño demoledor y unánime que produce la implantación de ciertos regímenes abre las entendederas del humor como bien lo saben los venezolanos que han dado el salto evolutivo de aquel programa televisivo titulado “Bienvenidos” a “La isla presidencial”, a caricaturistas como Rayma o al “El Chiguire bipolar”). En referencia a Cuba ya mencionaba a Eduardo Abela que iluminó con su chispa la noche machadista pero también podría hablar del cubano –boricua Pablo de la Torriente Brau quien en esta misma ciudad –a donde vino en busca de refugio de la siguiente autocracia- escribiera una de las burlas más salvajes que se conozcan en nuestro idioma en contra de la guerra. Pero tenía que ser la más dilatada y perfecta de las dictaduras latinoamericanas, esa que hoy aceptamos como parte del paisaje continental, como los Andes o el Amazonas, la que haya engendrado uno de los más serios contingentes de artistas satíricos que se conozca al sur del Río Bravo. Se puede mencionar a esos campeones del disimulo satírico que fueron publicaciones como Zigzag, El Sable, El Pitirre, DDT, La Hiena Triste, Aquelarre, el radial Programa de Ramón, el malogrado Marcos Behemaras o al maestro de la sátira escrita Héctor Zumbado, muerto hace muy poco. Pero ese disimulo no les valió de mucho cuando todas las publicaciones fueron suprimidas y el maestro Zumbado sufrió un muy extraño accidente que anuló para siempre su capacidad para hablar o escribir con coherencia. Está también ese potente movimiento teatral que se compuso por grupos como la Seña del Humor, la Leña del Humor, Sala-manca, Nos-Y-Otros, Onondivepa, los Hepáticos, Lengua Viva, La Piña del Humor, Pagola la Paga, Honoris Causa y un largo etcétera que incursionaron con más o menos insistencia y bastante fortuna en la sátira y han dejado una extensa y popular descendencia en el teatro y la televisión de la isla en personajes como Mentepollo, el Bacán o Pánfilo. (No es casual que uno de los fantasmas que pueblan esta sala, Barack Obama, durante su ya famosa visita a La Habana prefiriera reunirse con el humorista Pánfilo en lugar de con otro anciano bastante menos simpático).
Sin embargo es en la a veces desolada libertad del exilio donde la sátira cubana ha dado lo mejor de sí. Desde aquellas caricaturas políticas de Prohías creador de la todavía famosa serie de Spy vs Spy y el humor antropológico de ese contador de historias que fue Guillermo Álvarez Guedes a las cartas de Ramón Fernández Larrea a próceres de diversa ralea, a las exquisitas viñetas literarias de Fermín Gabor, las caricaturas de Omar Santana, de Pong, de Varela cuando era Varela, y de Garrincha que no deja de ser Garrincha. O al indescriptible proyecto Guamá creado por ese genio que responde al nombre de Alen Lauzán y de quien Garrincha acaba de proclamar “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo dibuja Lauzán”. O también puedo referirme a buena parte de los humoristas mencionados en el párrafo anterior que han puesto la mayor cantidad de agua salada de por medio para seguir creando: sin patria pero sin compañero que lo atienda.
Cualquiera que escuche tanta alabanza a los humoristas cubanos pensará: “Sí, mucha sátira pero la dictadura sigue intacta”. Como si el deber de la sátira fuera derrocar gobiernos. No, nunca lo ha sido. No tengo noticias de caricatura que provocara la caída de un gobierno en alguna parte del mundo. Si así ocurrió fue por pura distracción, accidente puro. Porque la función de la sátira no es esa. Debe recordarse a Borges, quien tantas veces se equivocó en política (y tantas veces acertó) cuando dijo que “las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor”. Y el primer deber del artista satírico, agregaría yo.
Aquellos eran otros tiempos, claro. Ahora se comprende que no siempre hay que apelar a la violencia para arribar al poder o mantenerse en él. No hay por qué exterminar pueblos enteros si se pueden masacrar sus neuronas. Las técnicas de control social han cambiado aunque la idiotez sea la misma. En cualquier caso el deber de la sátira seguirá siendo el de combatir esas tristes monotonías que nos exigen que abdiquemos nuestras obligaciones como seres pensantes. Esas monotonías que se empeñan en derrocar para siempre el sentido común para que aceptemos que dos más dos es igual a cinco. O que la redención eterna se alcanza con la llegada de determinado político al poder. Antes hablaba de la simple y ardua tarea de la sátira política de denunciar la desnudez del poder. Pero incluso esa, por decisiva  que parezca no es la única ni la más importante. Más importante aún es defendernos de la estupidez y del sin sentido que inevitablemente generan las pasiones políticas. Y más ahora cuando comprobamos que ningún rincón de este universo –no importa cuán civilizado y democrático se pretenda- puede sentirse a salvo del imperio de la idiotez. De nada vale que ataquemos lo que nos parece injusto y ridículo sin al mismo tiempo defender y conservar al menos común de los sentidos, ese que nos permite comprobar a cada rato quiénes somos en realidad y quiénes debemos intentar ser. Ese sentido común que nos hace entendernos por encima de nuestras inevitables diferencias. Ese sentido común que nos recuerda que nuestra clasificación como homo sapiens quizás sea exagerada pero nunca deberá dejar de ser un anhelo legítimo.

Muchas gracias.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Test

La foto que presentamos abajo representa:

a)__ Un resumen gráfico de la historia del castrismo como apoteosis de la chapucería.
b)__ Último acto de resistencia del Cenicero en Jefe antes de entrar al infierno.
c)__ Al saber que se acercaba al cuartel Moncada volvió a entrar en pánico y decidió esperar a recibir refuerzos.
d)__ En un último gesto de humildad y sentido del ahorro Cenicero en Jefe decidió pasarse a la tracción humana.



viernes, 2 de diciembre de 2016

El sueño de los otros

Pocas oportunidades he tenido en esta vida de estar de acuerdo con el aclamado pensador neocomunista Slavoj Zizek. De curioso predicamento entre muchos intelectuales cubanos Zizek es un modelo de cómo se puede sobrevivir la disolución del mundo comunista en el papel de víctima (leve) y terminar siendo gurú del anticapitalismo Occidental. A la larga su prédica ha resultado mucho más rentable que tratar de entender por qué el comunismo terminó siendo esa cosa inhabitable y criminal en la que ni el propio Zizek quiso seguir viviendo. Si en algo falló el comunismo –es la brillante conclusión de Zizek- fue en no ser lo bastante comunista. Pero hasta con un pícaro del postcomunismo se puede concordar si lo que dice en su penúltimo artículo es que:
"Todas estas historias no cambian el triste hecho de que la Revolución cubana no produjo un modelo social que tuviera algo que ver con el definitivo futuro comunista. Cuando visité Cuba hace una década, la gente de allí me mostraba con orgullo casas en ruina como prueba de su fidelidad al hecho revolucionario: «¡Mira, todo se está cayendo a pedazos, vivimos en la pobreza, pero estamos dispuestos a soportarlo antes que traicionar a la Revolución!». Cuando las propias renuncias se experimentan como prueba de autenticidad, tenemos lo que en psicoanálisis se llama la lógica de la castración. Toda la identidad político-ideológica cubana descansa en la fidelidad a la castración; no es de extrañar que el líder se llamara Fidel Castro"
En este artículo Zizek echa mano a una de sus fórmulas de mayor éxito: la de la crítica de la izquierda Occidental desde una izquierda más pura y al mismo tiempo más realista.
"Entonces, ¿qué pasa con los izquierdistas pro-castristas occidentales, que desprecian lo que los propios cubanos llaman gusanos, los que emigraron? ¿Pero, con toda solidaridad hacia la Revolución cubana, qué derecho tiene un típico izquierdista occidental de clase media a despreciar a un cubano que decidió abandonar Cuba no sólo por el desencanto político sino también por culpa de la pobreza? En el mismo sentido, yo mismo recuerdo a principios de los 90 a docenas de izquierdistas occidentales que con arrogancia me lanzaban a la cara cómo, para ellos, Yugoslavia todavía existía y que me reprochaban que traicionara la irrepetible oportunidad de mantenerla viva, a lo que yo siempre respondía que no estaba dispuesto, sin embargo, a conducirme en mi vida de una manera que no decepcionase los sueños de los izquierdistas occidentales. Gilles Deleuze escribió en alguna parte: "Si vous êtes pris dans le rêve de l'autre, vous êtez foutus" [si te dejas atrapar en el sueño de otro estás jodido]. Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro"

Pero ahí mismo se le acaba la cuerda crítica a Zizek. Y es que no se puede criticar a parte de la naranja sin condenar toda la naranja comunista que es, como dije al principio, el centro del negocio de Zizek. Así que el esloveno se encomienda al dramaturgo norteamericano Arthur Miller y a una anécdota que resumiría los logros de la Revolución cubana. En ella el norteamericano rememora a un par de cubanos pobrísimos que en medio de una "intensa discusión" entre ellos (a Miller -que no sabía español- posiblemente se le escapara el detalle que los cubanos desplegamos más energía en una conversación apacible que si todo el Upper East Side se enfrasacara en una guerra civil) y de pronto ven a una bella mujer bajarse de un carro cargada de paquetes y un tulipán. Estos interrumpen la discusión para ayudarla con los paquetes y la flor. Lo que a Miller le sorprende es que los hombres ayudaran a la joven sin pedir nada a cambio. La conclusión del dramaturgo -que al parecer ignoraba que no toda la psiquis del cubano se originó con el castrismo- es que: “Después de haber protestado durante años por el encarcelamiento y el silenciamiento de escritores y disidentes por el Gobierno, me preguntaba si, a pesar de todo, incluso del fracaso económico del sistema, se había creado una corriente alentadora de solidaridad humana, posiblemente a espaldas de la simetría relativa de la pobreza y de la uniforme futilidad inherente al sistema”.
A Zizek se le olvida mencionar que el dramaturgo de 85 años en aquel entonces (el viaje que describe ocurrió en el 2000) en medio de aquella visita había sido objeto de la asediante hospitalidad del dictador cubano. De manera que la imagen con la que el esloveno trata de resumir vicariamente una Revolución distante es aquella con la que un dramaturgo sin demasiadas energías para pelearse con el mundo trata de conciliar opuestos. En este caso se trata de conciliar la natural repulsión que le causaba un tirano con aquella inesperada y aceptada invitación a comer con este. Y Zizek, que se quejaba un par de párrafos antes de sentirse presionado por los izquierdistas occidentales de llevar una vida a la altura de los sueños de estos, no puede resistirse a la tentación de meter a toda la isla en el interior de su propio sueño. Y decir: “Es en este nivel más elemental en el que se decidirá nuestro futuro; eso que el capitalismo global es incapaz de generar es precisamente esa clase de «corriente alentadora de solidaridad humana»" de la que Cuba sería su última y más pura reserva. Y traigo todo esto a colación no para insistir en la más que demostrada falta de probidad intelectual de pensadores como Zizek. Más bien intento identificar el que posiblemente sea el mérito más indiscutible y duradero del castrismo: el de darle a un país la forma de los sueños de otros. 
Que el sueño de otro sea un lugar muy incómodo para vivir despierto ya es un asunto muy distinto.  

martes, 29 de noviembre de 2016

¿Celebraciones para qué?

¿Celebraciones para qué?
“¿Por qué celebrar la muerte de una persona?” se preguntan los que insisten en considerar a Fidel Castro como un ser humano, con sus defectos y virtudes. Y en algo llevarán razón: nunca debería ser más firme nuestra idea de humanidad que frente a ese enemigo común que es la muerte. Pero, ¿qué hacemos con los monstruos que continua y sistemáticamente hicieron todo lo posible por distanciarse de nuestra común idea de humanidad, por destruirla? ¿Qué hacer con los que son negación de todo lo bueno que nos une? ¿Con los más cumplidores representantes de la muerte? Esos que con tal de salirse con la suya no se detienen ante ciertas convenciones mínimas que nos impiden asesinar fría y conscientemente a un amigo, a alguien a quien le debemos la vida o a una decena de niños. En ese sentido, el recién finado Fidel Castro merece integrar con pleno derecho la galería de monstruos que encabezan Hitler, Stalin y Mao aunque sea en el estante menos prominente de los Kim Il Sung, Mussolini, Francisco Franco, Polt Pot, Saddam Hussein o Gaddafi. De otro modo ¿Cómo quedaría nuestra idea de humanidad y de justicia si observamos la misma reacción taciturna a la muerte de un genocida que ante la de un oscuro maestro de escuela?
No puedo hablar por todos pero sospecho nos aferramos a ese festejo rabioso, a esa tan necesaria catarsis a sabiendas que es todo lo que podremos celebrar como cubanos en mucho tiempo. Reconocemos que no es una ocasión especialmente festiva que el causante directo o indirecto de miles de muertes en todo el mundo, de la destrucción de un par de países y millones de familias haya muerto tranquilamente en su cama, sin ser enjuiciado ni pasar más sobresaltos que los que le reservó su marchito cuerpo. Tampoco que falleciera después de que el régimen que engendrara ajustara los detalles que permitirán su supervivencia por unos cuantos años. Porque por mucho que se hable del inicio de una nueva era poco puede preverse más allá que el traspaso del poder dentro de la misma familia que ha controlado el país por casi seis décadas. Los tan comentados cambios seguirán pues al paso milimétrico y receloso que han tenido hasta ahora en un país cuyo funcionamiento está hecho a la medida ruin de un gobierno empeñado en controlarlo todo.
Pero aun así queda algo que celebrar. Sobre todo si se piensa que son pocos los cubanos que recuerden un solo día en que la existencia del finado no inundara cada resquicio de sus vidas, cada instante. Dedicado como estuvo a acumular y conservar más poder que ningún otro ser a este lado del meridiano de Greenwich sus potestades siempre tuvieron un peso abrumador y brutal tanto para los que le oponían cualquier resistencia como para los que lo endiosaban. Por convicción, interés o miedo los maestros, la televisión, la radio, la prensa, la familia, los músicos, los escritores, los artistas insistían en que la Revolución de la que fue alma y guía máximo era lo mejor que le había pasado a aquella tierra. Todo se lo debíamos a él, desde los conocimientos hasta la salud, desde los alimentos hasta las medallas olímpicas. (Nadie intentó decirnos que aquello que el gobierno distribuía parcamente entre nosotros salía del bolsillo de nuestros padres). Su extensa sobrevida tras su recaída física en el 2006 trajo, junto con el grotesco espectáculo de su decrepitud, la sospecha de que nunca moriría. O que su muerte demoraría lo suficiente como para que al producirse no nos importara. Pasaron diez años en los que siguió muriendo gente buena mientras aquel ser de maldad indescriptible se aferraba a la vida como antes se había aferrado al poder. Ha muerto cuando poco o nada incide en los destinos reales del país o en los planes de sucesión familiar y sin embargo su desaparición física no deja de tener un profundo significado simbólico y psicológico. El ente sobrehumano que hizo construir a su imagen y semejanza ha sufrido el tropiezo irrevocable de no ser, además de omnipotente, eterno. De no pasar la prueba máxima de toda pretensión inhumana. (Eso me hace recordar la última escena de “Moloch” la película de Alexander Sokurov en la que Hitler le anuncia a su amante que se dispone a una nueva conquista, la de la muerte. Eva Braun, sin embargo, no se deja impresionar y le responde risueña: “Adi, cómo puedes decir eso? La muerte es la muerte. Nadie puede conquistarla”).
De manera que más que festejar la muerte del tirano de lo que se trata es de la celebración –aliviada- de nuestra propia sobrevivencia. Nuestro modo de comprobar a qué sabe la vida sin aquel que la contaminaba aunque fuera sólo con su aliento. Pero no la celebramos solos. Lo hacemos en nombre de los que no alcanzaron a llegar a ese momento y de los que pensaron que no llegarían y sin embargo lo han conseguido. O de los que en la isla, por precaución o por miedo puro, no se atreven a hacerlo. O incluso de los que en estos días se sienten genuinamente acongojados porque nunca han podido imaginarse la vida más allá de los límites mezquinos que les impusieron al nacer, como mismo muchos esclavos se estremecían de tristeza ante la muerte del amo.  Los que que hoy mismo les prohiben el alcohol, la música y los "buenos días". Visto así no es poco lo que hay que celebrar en nuestra condición de cimarrones sobrevivientes. Ser cimarrones no nos hace buenos pero nos ha hecho libres y parte de nuestra libertad reside en escoger de qué alegrarnos. Sin miedo. Y de paso cumplir con el deber mínimo de recordarle a la humanidad cuánto dolor causó ese que muchos celebran como héroe.
Lo que debería preguntarse el resto de la humanidad no es por qué los exiliados cubanos celebramos la muerte de Fidel Castro sino por qué ella misma no se apresuró a condenar a quien le negaba sistemáticamente a sus compatriotas su libertad, su condición de humanos.

Preguntarse por qué aún hoy sigue sin condenarlo.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Dos noticias

Una mala y una buena. La mala es que la cola es larguísima. La buena es que no están dando nada.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Desmentido de Fidel Castro

Fidel Castro desmiente rotundamente los rumores sobre su inmortalidad demostrando una vez más cuan equivocados estábamos con él. Los dejo con el cuento "Epílogo" con el que cierro "Leve historia de Cuba" en alusión al esperado evento.                                                           

EPÍLOGO

Pese a que en la eternidad a nadie le importan los días de la semana, un inconfundible espíritu dominical envuelve hoy a la Gloria y sus alrededores. Un palpable entusiasmo multiplica gestos y palabras. En un día como éste, héroes viejos y nuevos se igualan en febrilidad. Héroes de todas las guerras, de la pluma, de la palabra o del trabajo. Ahí vemos al general Flor Crombet, pañuelo en mano, pulir sus galones y ajustarse su filipina de manera que se vea bien el orificio que abrió la bala fatal y que en todos estos años no ha querido zurcir. Cerca de él, el León de Oriente conserva aún firme el pulso para pintarse una cana sí y otra no y aplacar aunque sea en algo los embates de la edad. O el viejo Quintín que contempla la herrumbre de su machete mientras dice al que lo quiera oír que no hay nada mejor contra el óxido que el lomo de un español o de un cubano traidor, lo mismo da. “Por favor, general, guárdese el machete, que Él está al llegar y no quiero un incidente desagradable”, dice Consuelo, la maestra de ceremonias. Y hay que comprenderla porque en el que quizás sea el día más trascendental de toda la Gloria, ella carga con no poca responsabilidad. Se trata nada menos que del recibimiento al Superhéroe. De sólo pensarlo, a Consuelo se le eriza su larga espalda. ¡Es tanta la grandeza del Superhéroe y tantos los detalles que debe atender! Y si algo ella tiene claro es que la grandeza es una cuestión de detalles.
Detalles a resolver se sobran. El evidente logro que representó la admisión sin distingos de toda clase de héroes ha traído ciertos inconvenientes. La superpoblación ha dificultado el mantenimiento de la Gloria y hay que reconocer ciertas señales de decaimiento. Las paredes se sostienen de milagro, los hermosos árboles de antaño son ahora postes secos clavados en la tierra,  los ángeles apenas pueden levantar vuelo y las nubes, desinfladas, son usadas como alfombras. Pero de algo le tiene que servir a la maestra de ceremonias su experiencia en vida como empleada de la mejor tienda del país antes que un sabotaje la quemara. Con limpieza, pintura e iluminación discreta se puede decir que el Walhalla criollo está presentable. Por suerte se ha podido contar con el apoyo casi unánime de los héroes, sobrecogidos como están ante la jerarquía heroica del futuro huésped.
Sí, casi todos han sabido ver en aquel Elegido la versión suprema del heroísmo. Acá ¿quién puede comparársele? ¿Qué son quince años dando machete -cifra máxima acumulada por los más brillantes paladines aquí reunidos- al lado de sus 100 años de  lucha? Y aún en esos quince años en que un Maceo o un Quintín Banderas ejercitaron su muñeca, siempre hubo tiempo para el baile, el sueño, las mujeres o el ron. Ahora le remuerde a Quintín todas las horas perdidas en templeta y bebesón y en esos sueños llenos de mujeres y música o aquella visión rara que tenía aún despierto en que una niña, una blanquita, le trae una jícara con agua porque él siente mucha sed y al final siempre termina derramándola toda en su cara. Frente al Superhéroe, todo eso parece tiempo perdido porque ese Mimado del Destino siempre supo convertir cada instante en combate contra el enemigo, las fuerzas del mal o la adversidad. No es que se pasara todo el día tirando tiros o descuartizando adversarios. En 100 años, por supuesto que ha tenido que hacer de todo, pero nunca se limitó a la hazaña evidente. En cada detalle, por trivial que pareciera, invariablemente logró  hallar una fuerza adversa a la que derrotar. Mientras un tipo cualquiera se conformaría con masticar, por ejemplo, un trozo de bistec, Él restauraba energías para la lucha. Cuando ese mismo tipo se cepillara los dientes, el Superhéroe en cambio le estaba dando decisiva batalla a las caries, y así con todo. Contra alguien de esa estirpe definitivamente no se puede, porque mientras más relajado tú lo ves y piensas que lo puedes coger desprevenido, ¡ZAS! destruye a sus oponentes porque así son los Superhéroes: seres entregados perpetuamente a la lucha. Eso facilita la labor de la maestra de ceremonias, pues a ningún héroe le ofende recoger una hojita seca o un papel del piso o remendar cualquier detalle en el que el Superhéroe pueda ver un intento de agresión.
De esta suerte ha podido higienizar la Gloria y mejorar su presencia. Una restauración a fondo puede esperar incluso a que el mismísimo Elegido la dirija. Ahora el problema son los abastecimientos. Desde que las matas de mango se secaron, las frutas son una añoranza de tantas que pueblan el glorioso recinto. Maceo mismo sacrificó su yegua (blanca por supuesto) para el banquete de recibimiento pero luego se supo que el Superhéroe es alérgico a la carne de caballo. Hay que ir a las afueras de la Gloria a convencer a esos muertos que pululan por sus alrededores de que contribuyan a los festejos del recibimiento. Cuando Consuelo se enteró de que las butifarras eran el manjar predilecto del Superhéroe, decidió que había que comprar un buen lote a toda costa. Pero para eso hace falta gente responsable. No hace mucho que envió a Hiliodomiro del Sol, presidente de la Gloria por muchos años, junto a su amigo escritor, para que le compraran butifarras al Congo. ¿Y que pasó? Todavía los está esperando. Ante cosas así hay que ser cada día más cuidadosos.
Ahora mismo, Juan Candela, alguien de poco fiar, se está ofreciendo con demasiada insistencia para mercadear con los de afuera pero, por supuesto que no va a ser tan tonta. La maestra de ceremonias tiene una idea mejor. Irá ella misma porque al fin y al cabo bastantes muestras de confianza ha dado evitando caer en tentaciones baratas. Ella, que pudo huir de la tienda en la que trabajaba cuando el incendio se reducía al departamento de perfumes, hizo todo lo posible por apagarlo. Cierto que, después de muerta, lenguas infames intentaron hacerla cómplice del sabotaje, pero al final la verdad se impuso y pudo acceder a la Gloria. Claro que ahora puede ausentarse y dejar el control del perímetro inmortal en manos de los guardaespaldas del Superhéroe. Sólo Alguien así puede tener tal previsión. Con esa prudencia que lo multiplica, tomó la precaución, ahora que está próximo a morir, de fusilar a la mitad de su escolta para que fuera tomando posiciones en el recinto glorial y ahorrarse cualquier tipo de sorpresas. Cuando el Padre de la Patria se enteró del hecho lanzó un suspiro y exclamó “A un tipo así no lo madruga nadie”, posiblemente recordando su propia deposición.
Consuelo da las últimas instrucciones antes de salir. Advierte a los escoltas de los provocadores vuelos de una especie de velocípedo aéreo puesto en acción por un irresponsable de los alrededores. Luego pasa revista a los músicos, apremia la colocación de los altavoces y le pregunta al indio Hatuey, decano de los héroes, si tiene alguna duda sobre el texto que le dio a leer. Ya va llegando a la puerta cuando se vuelve para recordarle a Alipio, el héroe del trabajo, que pase lista cada media hora. Ahora sí parece que va a salir. Le muestra su identificación al viejo portero al tiempo que le pregunta si ya sabe qué tiene que hacer cuando el Superhéroe llegue. Éste le responde que sí, que se ve muy linda. Sale.
Muertos van, muertos vienen, desesperados por llegar a tiempo a ninguna parte. Da lástima tanta muerte desperdiciada en gente que no supo empeñarse en algo grande o se rindieron antes de tiempo. Ahora míralos ahí, los pobres, en lo mismo de siempre. Pero acá no es como allá adentro, acá hay de todo y Consuelo se incrusta la cartera contra el pecho y tensa las nalgas, presta a detectar cualquier exceso de confianza.
La maestra de ceremonias no se detiene ante nada. Directo a lo suyo, que es otra forma de decir lo de todos, logra abrirse camino hasta la tienda del Congo. Ésa, como todas las de por aquí, fue construida con materiales que alguna vez se pensaron destinar a la ampliación de la Gloria. Ya va a pedir las butifarras pero su brazo no se mueve como ella desearía. Se lo está sacudiendo una mulata gruesa y ronca que en nombre del pueblo le exige que busque su lugar en la cola y espere su turno. Consuelo se acuerda de su pecho y de la cartera y de allí extrae un trozo de cartulina que inmoviliza a la mulata.  Libre el brazo se encara con el Congo que se está sacando el pulgar de la nariz para restregárselo en el delantal. El Congo le pregunta qué desea mientras espanta las moscas con un periódico enrrollado. Si Consuelo pudiera verlo extendido sabría que se trata del Diario de la Marina que anunciaba la caída de Machado, pero ella ahora reclama toda la butifarra que haya en existencia. Tensión. El Congo habla de cantidades limitadas y de la necesidad de que todos alcancen al menos un trozo de butifarra como ustedes ordenaron. Consuelo vuelve a apelar a su cartoncito mágico hasta lograr arrancarle 15 libras que el vendedor envuelve en el periódico de agosto de 1933. Hace un mohín que bien pudiera deberse a la falta de higiene y le paga con bonos a falta de efectivo. Los bonos tienen escrito: “La patria os contempla orgullosa” y un número 10 en cada extremo. A su espalda chilla un coro de mujeres encabezadas por la mulata. “Mujeres, mujeres, mujeres”. Consuelo se alegra de que en la Gloria haya tan pocas aunque quizás ésa sea la causa de las deserciones. Algún traidorzuelo ha descubierto intentando confundirse con la multitud que ahora, conducida por los altavoces, intenta encontrar su lugar para recibir al Superhéroe. El Superhéroe seguramente los perdonará. Ella no. No puede entender a gentes que a minutos de Su llegada todavía discuten si es mejor el Chevrolet del 57 o el del 58. Ni a esos rusos que insisten en venderle latas de carne o ese enano y sus pastillas para los nervios. Si al menos aceptasen cobrar en bonos...
Parece que alguien te reconoce y brinca y levanta las manos y ahora quiere abrirse paso hasta ti. Un desertor nunca haría eso. Seguro se trata de alguien de la familia. Chichi puede ser, o Fito el sobrino que se ahogó en Boca Ciega. Piensa salir a su encuentro pero recula. Seguro querrá que se quede un rato con la familia y ella no tiene tiempo que perder. Un pellizco en la nalga la pone a girar pero entre tantos cuerpos no logra descubrir los dedos culpables de un tipo sableado hace cuatro siglos en Bayamo por cuestiones de faldas. Ahora siente que la tocan por el brazo y entonces puede descargar su furia en el atrevido. Éste se declara inocente del pellizco. Él sabe que ella viene de la Gloria y dice que también estaría allí si no fuese porque aquel día se apartó un poco para cagar y ahí mismo se quedó dormido. La columna reinició su marcha y el enemigo lo sorprendió. Luego lo dieron por desertor. Que, por favor, interceda allá dentro que lo que es aquí no puede seguir. “Para esta gente el recibimiento del Superhéroe no es más que un pretexto para seguir su cumbancha”. Consuelo  mira a su alrededor, le pide sólo un poco de paciencia. En cuanto el Superhéroe llegue pondrá las cosas en orden y todo será como debe ser. Consuelo no puede añadir nada más porque acaba de oír el “¡Ya viene, ya viene!” (como si les importara mucho) y sale corriendo para la Gloria con las butifarras bajo el brazo derecho y el cartoncito mágico en la otra mano.
Dentro de la Gloria, Alipio, discreto, la recibe con la peor de las noticias: Martí y el Bobo han desertado. Al principio pensó en cualquier posibilidad hasta que tuvo que afrontar los hechos. Los traidores - y disculpe que así hable pero no hallo otro calificativo- aprovechando su levedad post-mortem se descolgaron por una cadeneta de papel de las usadas en la decoración de la Gloria. Algo hay que hacer porque Consuelo está segura de que, nada más entrar, el Superhéroe preguntará por el Apóstol. El jefe de los escoltas se ofrece para su búsqueda y captura. De contar con el apoyo aéreo de los ángeles, la localización sería inmediata. Pero Consuelo prefiere otra salida. Ya. La solución es Lino Recio, Rey de la décima campesina, Maestro de repentistas. Por su  parecido físico con Martí -aunque en verdad le saca más de medio pie de alto- será el encargado de suplirlo. Éste, al principio, no entiende bien de qué se trata y pide que le den un pie forzado para la décima sobre el Apóstol, hasta que se le convence de que, con encorvarse un poco, dar la mano y decir algo como “Patria es humanidad” es suficiente por ahora.
Superado el percance Consuelo va a ver al decano de los héroes. El indígena, de no muy buena gana, está ensayando la lectura del pequeño discurso de recibimiento. Quien primero hiciera resistencia a la conquista española es un caso especialísimo. Condenado a morir en la hoguera, rechazó un bautizo de última hora para no tener que seguir viendo españoles en el paraíso. Desde entonces su alma estuvo vagando hasta la inauguración de la Gloria cubana, de la que consintió ser su primer inquilino. Acá ha tenido que aprender la lengua que presidió su suplicio y ser testigo de cuanto suceso haya ocurrido en el recinto glorial. Tantos recuerdos quizás expliquen su eterna sonrisa. Ahora tiene que darle la bienvenida al Superhéroe en lengua prestada, a pesar de que piensa que en aruaco sonaría mejor. La maestra de ceremonias termina consintiendo en reducir el texto a lo imprescindible. La deferencia de Consuelo tiene, como casi siempre ocurre, motivos muy íntimos. Son dos destinos marcados por el fuego. De suplicio o de sabotaje, el fuego siempre es el mismo aunque Consuelo no soporta la idea de que el fuego que los recorrió a ambos pueda compararse con el que han utilizado para darse muerte todas esas negras que se amontonan allá afuera.
Y ahora ¿qué falta? Ya cada cual está en su lugar. Los héroes forman en dos hileras frente  a frente, un largo pasillo, ubicados en estricto orden de importancia. Al fondo del corredor de héroes, Hatuey, y a su lado, un encogido Lino Recio en sus funciones de Apóstol. Más atrás, letras blancas sobre fondo rojo componen una sencilla pero contundente frase sobre la inmortalidad, atribuida -la frase- al Superhéroe. A la derecha de la entrada, a falta de banda militar, el Septeto Nacional con el refuerzo del trío Matamoros -rebautizados extraoficialmente como “Los Diez Negritos”- están listos para ejecutar la marcha favorita del que todos esperan.
¿Qué falta? Pues que la maestra de ceremonias, tan ocupada por los demás, se ponga algo presentable. Ni pensar en la ropa que usaba al morir, pues el fuego dejó bien poco para cubrir su extenso cuerpo. Desesperada, busca a su alrededor, hasta que se detiene en la enseña nacional. Sin pensarlo mucho, Consuelo se envuelve en ella. Luego se ajusta un pliegue allí y en el pecho rectifica la posición de la estrella, hasta que en un inspirado rapto deja al descubierto el seno derecho y  toma prestado el gorro frigio al escudo que preside el salón. Ya puedes venir cuando quieras.
Treinta horas después, en la Gloria se empiezan a inquietar. Ya el asado de yegua de Maceo comienza  a oler mal. El general Quintín manotea en el aire y le grita a la nada que acabe de darle agua. Explica el jefe de los escoltas que el Superhéroe es así de impredecible, siempre cambiando de horarios para despistar al enemigo, lo que recibe un gruñido de aprobación del Padre de la Patria. En los días siguientes, el entusiasmo empieza a decaer y a la semana exacta de espera parece inminente el desplome de los reunidos. Consuelo hace un llamado a la cordura y pide un último esfuerzo. De momento permite que los músicos toquen algo movido para levantar el ánimo. El viejo Quintín quiere sacarla a bailar pero ella prefiere sentarse un rato. Así está hasta que oye unos discretos golpes que vienen de la entrada. A duras penas logra recomponer las filas y luego de ordenar silencio, hace abrir la puerta.
No es el Superhéroe quien hace su entrada sino un calvo de ojos hundidos y ajada cara de niño bueno, que sin decir nada le entrega a la maestra de ceremonias un sobre. De éste saca estremecida una carta del mismísimo Superhéroe. Con letra vibrante se disculpa y anuncia que de momento le ha ganado una batalla más a la muerte, por lo que piensa emplear el tiempo que le reste entre los vivos –“digamos, unos 20 años”- en llevar a cabo algunos proyectos que tiene en mente. Luego con mucho gusto les hará compañía. Silencio profundísimo acompaña la lectura en alta voz, sólo tronchado por la exclamación de “¡Veinte años!” que los más impacientes dejan escapar. Consuelo, por instinto, mira hacia Hatuey pero éste se limita a sonreír. Para el indígena eso no es cosa nueva. Ahora recuerda los casos de Matías Pérez y Camilo Cienfuegos. Lo mismo cuando se perdió el globo que el avión, se les preparó acá una regia acogida y al final no aparecieron ni siquiera en la Gloria. En cambio, los demás no reparan en la sonrisa de Hatuey. En ese momento todas las miradas se concentran en Don Miguel Matamoros quien niega con la cabeza varias veces hasta que finalmente suspira y dice que sí, que va a tocar “Lágrimas Negras”.

Ya empieza con el aunquetumeasechadoenelabandono. Unos hacen coro, otros intentan bailar con alguna de las escasas heroínas o incluso entre sí. Los más van hacia las hamacas arrastrando sus viejos pies, pero en todos logra ver Consuelo la irreductible confianza de que algún día llegará Aquel que los redima definitivamente de tanta eternidad y hasta cure al General Quintín Banderas de su infinita sed.